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Revelada en la imaginación como el cuerpo de una mónada o descubierta a través del microscopio electrónico en la forma de una molécula. Asumida en mandalas, cuencos y laberintos; en semillas y entidades orgánicas, la esfera para Yvonne ha sido una forma pero, sobre todo, un concepto recurrente que en ocasiones no ha necesitado expresar esa forma. Percibo su trayectoria como un continuo discurrir por esa esfera en busca del centro; del centro abstracto e inalcanzable que es también el centro concreto y múltiple que se puede ver y acariciar. A través del conocimiento, de la sensualidad, de la experimentación del vacío, Yvonne busca en el orden de la realidad ese centro que, de acuerdo con el poeta estadounidense Car! Sandburg, quizá sólo sea una sospecha que se encuentra en algún lugar de la mente. Pero lo trascendente de la obra de esta artista es habernos proporcionado una sorprendente ficción, que es de las más consistentes y seductoras en el campo de la escultura mexicana de las últimas décadas.

Cuando Miguel Salas Anzures fue nombrado jefe del Departamento de Artes Plásticas del inbal en agosto de 1957, la política cultural del Estado mexicano estaba dirigida, entre otros aspectos, a promover la modernidad artística, aun con riesgo de desatar inconformidades en los grupos que se inscribían en el realismo; es decir, los tiempos apuntaban a una neocolonización, al imitar la expresión artística de los países en desarrollo. Sin embargo, no era posible abandonar por completo las manifestaciones plásticas que habían dado reconocimiento y prestigio a México en el exterior, con sus artistas más renombrados y su producción mural, como lo indica la creación de lo que sería el centro de restauración del inbal en 1958, planeado por Fernando Gamboa cuando fue subdirector general.

Arte y centralismo estudia el trayecto de la política cultural oficial en la década de los años ochenta, en tiempos de Miguel de la Madrid, cuando se comenzó a utilizar el término "descentralización" para dar fin a la concentración de ésta en el Distrito Federal, al tiempo que se procuraba difundir con mayor énfasis el arte en todos los estados de la República; en el caso específico de las artes plásticas se crearon concursos, ya fuera modificando los anteriores (los de los años sesenta, como el Salón Nacional para Estudiantes de Artes Plásticas, que fue transformado en el Encuentro Nacional de Arte Joven), o instaurando otros nuevos (como fue el caso de las bienales Rufino Tamayo y Diego Rivera). De los tres concursos de arte expuestos en este libro se analizan las bases de sus convocatorias, los criterios de los jurados calificadores y su selección de los artistas premiados. A parir de dichos puntos se aprecia la política cultural que los rigió, así como sus limites, aciertos y contradicciones. Lo que encuentra este análisis es el esclarecimiento de la directriz que toman las artes plásticas respecto de la recepción de la cultura en el ámbito de la idea que se tiene, en el nivel oficial, del concepto de "descentralización".

El filósofo-arquitecto o el arquitecto-filósofo que fue Alberto T. Arai constituye un egregio ejemplo de preocupación por razonar y construir, por escribir y edificar, y por proponer miradas alternativas de acuerdo con el espíritu de su tiempo. Guiado, sin duda, por una especie de “razón cordial”, supo perfectamente equilibrar sus polifacéticas reflexiones y hacerlas siempre constructivas en una ardua búsqueda por descifrar el pasado, el presente y el posible futuro de un país entonces en construcción, y pletórico de esperanzas por alcanzar una realidad mejor en todos los niveles sociales.

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