Hoy todo parece caber en una pantalla. En la retícula de la plataforma Zoom podemos ver, en pequeños cuadros, a nuestros grupos de familiares, amigos, compañeros de trabajo, conferenciantes, etcétera, en una relación interactiva: audioveo y me audioven. Eso sí, nada táctil, salvo el contacto con el teclado y el mouse —por lo menos acariciamos algo; anestesia en lo relativo al olfato y el gusto.
Los procesos industriales y la tecnología bélica, de acuerdo con Estrella Carmona, representan la crueldad, la codicia, la aniquilación, la desgracia y la muerte indiscriminada; se trata de verdades invisibilizadas por la ilusoria apariencia de un desarrollo generado desde el ámbito tecnocrático y trasnacional.
Con Antonio Luquín, por su parte, nos enfrentamos al apocalipsis urbano, al fracaso de la modernidad y de las políticas de urbanización. Nuestra ciudad es cada vez más caótica, hostil e inestable. La ausencia de habitantes, el vacío y las ruinas, son elementos que adquieren especial significación en su pintura, para aludir a la presencia de fuerzas y formas que intervinieron en lo que fue construido por la voluntad humana y que ahora se hallan en el ser de lo destruido.
Parece que nunca son suficientes todas estas catástrofes, y aunque el arte las resignifica, nuestras experiencias encarnadas
de dolor nos obligan a cuestionarnos: ¿es el sufrimiento lo que alimenta nuestra mirada ávida de muerte?, ¿es acaso éste el sello de nuestra época?